sábado, 15 de julio de 2017

Vargas Llosa / Érase una vez


Mario Vargas Llosa

BIOGRAFÍA

ÉRASE UNA VEZ

El País, 16 de junio de 1991

Se encontraban en un pub de Hampstead después del trabajo y, entre cerveza y cerveza, pasaban el rato contando cuentos. Los divertía tanto hacerlo que se preparaban en casa o en la oficina -eran empleados y profesionales jóvenes- para sorprender a sus amigos y oyentes con aquella anécdota o historia recién descubierta -oída leída o inventada- que esa noche iban a contar o urdiendo una nueva manera de contarla. Un buen día descubrieron que todos los clientes delpub los escuchaban fascinados, que muchos iban allí por ellos, que sin darse cuenta se habían convertido en un espectáculo de un género muy especial. Cuando yo fui a oírlos por primera vez -hace cinco años, en un pequeño teatro comunal de las vecindades de Hammersmith- me encontraba escribiendo una novela sobre una tribu muy primitiva, los machiguengas, desparramada por la inmensa Amazonía, a la que sus ambulantes contadores de cuentos, reverenciados como seres míticos, mantenían en cierta forma unida, pues hacían simultáneamente las veces de correos, historiadores, informantes y fabulistas del pasado, el presente y la vida y milagros de la comunidad. Me intrigó sobremanera que la moderna Inglaterra tuviera también sus habladores, y que aquella antiquisima función -la de las consejas junto al fuego- se practicara aún públicamente.

Lo hacían muy bien. Era una docena, cuatro mujeres y ocho varones. Por su repertorio desfilaban historias venidas de todos los rincones de la tierra, que contaban a, veces solos y a veces pasándoselas de boca en boca, con una perfecta sincronización. Algunos de sus cuentos yo los había oído de niño, en Bolivia, y otros parecían tomados de la literatura y otros, estoy seguro, eran producto de su imaginación. La gente se entretenía mucho y después de cada historia aplaudía a rabiar.

Terminada la función, me tomé una copa con ellos y quedé encantado con su peripecia. No se habían profesionalizado, seguían siendo amateurs y viviendo de sus empleos y trabajos liberales. Pero dedicaban mucho tiempo a ensayar esas presentaciones, que a ellos los divertían tanto o más que a su público, y que los llevaban a contar sus cuentos en colegios, hospitales, ferias y adonde tuvieran ocasión. Recibían más invitaciones de las que podían atender. No eran intelectuales ni literatos, sino, según la expresión de Montaigne, gente del común. Eso es, tal vez, lo que a mí me impresionó más en ellos, más todavía que su linda actuación: su naturaleza de contadores químicamente puros, de narradores orales y trotamundos, como aquellos que, en las posadas y plazas de las ciudades medievales referían las hazañas de Carlomagno y los enredos del mago Merlín. El ser vestigios vivientes, en el corazón de la civilización industrial moderna, de aquel quehacer que se hunde en la noche de los tiempos de todas las culturas y del que son representantes conspicuos el seanchaí irlandés, el trovero del sertón bahiano o el kenkitsatatsirira machiguenga.

Menciono a éstos porque los conozco, pero sé que hay muchos otros y me atrevo a asegurar que no existe cultura o civilización, moderna o remotísima, donde no aparezcan, en los harapos del vagabundo, la túnica del mago o sacerdote, los afeites de la bruja, los arrullos de la abuelita, la chistera del animador y las barbas del bardo, abriendo la boca y, valiéndose sólo de su propia voz y sus gestos y ademanes, o acompañándose de un harpa, de una guitarra, de un tambor, de un laúd o de toda una orquesta, pronunciando el viejo conjuro ante un auditorio predispuesto: "Érase una vez", "Había entonces", "En un país en el que", etcétera.

La forma más primitiva de este oficio debió tomar cuerpo en la caverna del antropoide, cuando, de gruñir y ulular, los hombres pasaron insensiblemente a dar el gran salto y comenzaron también a hablar. Tan antigua como el lenguaje debe de ser esta propensión, la de contar y escuchar cuentos, que en todas las culturas aparece y a todas colorea con un matiz propio. Se trata de una necesidad antes que de una mera diversión, pero esto último le es consustancial, un requisito sin el cual no dura: un cuento debe entretener. Pero, por debajo de la distracción, hay un vacío de la vida que sólo los cuentos son capaces de llenar. Una necesidad que tiene que ver, sin duda, con la más humana (y la más imposible) de las vocaciones: la de salir de sí mismo y de la realidad, la de vivir vidas distintas a la propia, la de mudar el ser limitado que nos tocó encarnar por otro u otros, más afines a nuestra fantasía y deseos. Para eso se inventaron los cuentos: para sonar despiertos y, pese a no poder dejar de ser nunca los mismos, ser, sin embargo, otros, por ese espacio de tiempo en que, gracias al talento del contador, volamos en alfombras mágicas, subimos a la luna o entramos al serrallo de Harún-al-Rachid (cuya más preciosa prenda tenía las caderas tan grandes que debía estar siempre acostada, pues si se ponía de pie se derramaba).

El contador de historias es el primer oficiante de una inconmensurable superchería vital, de la que derivan el teatro, el cine, las novelas, las artes plásticas, el circo, la ópera, la religión, el psicoanálisis y mil otras instituciones, disciplinas, prácticas, ciencias o seudociencias y sin la cual, por lo visto, ningún hombre podría vivir: la ficción. Ella es indispensable a todos y a todas y ella infecta o contagia las más diversas actividades humanas, a veces de manera dellberada y otras espontánea y casual, y en ciertos casos de un modo tan recóndito que es poco menos que imposible detectar su presencia. Su manifestación primera es la del cuento, pequeña historia que es también gesto, música y representación cuando nos llega a través de un contador. Hay en éste, siempre, algo que nos inquieta y conmueve; tal vez, que su presencia de alguna manera nos hace intuir la de sus antecesores, ese antiquísimo linaje, y nos vincula con esos remotos hombres del garrote y la incision mágica que, como nosotros ahora, en el alba de la historia, con una mezcla indefinible de fruición, expectativa, impaciencia y a veces miedo, también creían, soñaban y vivían emocionalmente esa vida ficticia de los cuentos que escuchaban.

La expresión más moderna que me ha tocado ver de este antiguo oficio no es el Common Lore, el grupo Inglés que mencioné al principio, sino el norteamericano Spalding Gray, conocido por su trabajo como actor en la película The killing fields.En realidad, su verdadero talento -genio, incluso- es el de contador de cuentos. Sentado frente a una mesa, durante dos horas refería una historia autobiográfica titulada: Nadando hacia Camboya. Pocas veces he vivido una experiencia más intensa. Había de todo en su relato: humor, drama, confesiones íntimas, violencia, feroces observaciones políticas y a la vez un patetismo desamparado e infantil que expresaba maravillosamente la condición del individuo solitario y medio aplastado por la gran ciudad. No actuaba; contaba, relataba, refería, aunque, eso sí, de acuerdo a una muy elaborada y sutil organización de su materia anecdótica y de la forma expresiva.
Tiempo después vi que Spalding Gray había reunido en un volumen varias de esas historias que iba contando por los teatros del mundo y me precipité a comprarlo. ¡Vaya decepción! Leída, Nadando hacia Camboya no era ni sombra de aquella sobrecogedora historia que él sabía decir tan bien. Porque contar bien un cuento de viva voz es un arte tan refinado y difícil como saber hacerlo por escrito. Las pausas, la entonación, los énfasis, el movimiento de las manos, el parpadeo, el más mínimo trastorno facial enriquecen o empobrecen el cuento y lo desacreditan o refuerzan.

Me gustó tanto descubrir, escuchando a los contadores de Common Lore, que este hermoso arte tenía aún cultores tan espléndidos, que desde entonces he estado siempre al acecho de sus presentaciones. La última vez que los vi había caras nuevas en la compañía. Ésta es, ahora, multirracial y multicultural, como se ha ido volviendo Gran Bretaña, y en su panoplia de cuentos se entreveran los de filiación local con los africanos y los indios. (Y a propósito. La última vez que vi a Salman Rushdie, antes de que se desencadenara contra él la horda de fanáticos fundamentalistas, hablamos de los contadores ambulantes de cuentos, muy populares en la India y en Pakistán, donde viven de la caridad pública y cuentan historias noches enteras ante muchedumbres ávidas.)

Escribo este artículo porque he recibido un par de cartas de un contador de cuentos sueco, llamado Ulf Arnstrom, al que espero estrechar la mano alguna vez. Preside una asociación escandinava de contadores de historias -me la describe como "pequeña y animada"- y ha abierto, en Estocolmo, el Cric Crac Café, al que imagino como un cálido, atestado y humoso templo a la fabulación, en el que cuenta "historias para adultos". Ha leído mi novela El hablador y se propone contar mis historias machiguengas a sus oyentes suecos, lo que, por cierto, no deja de maravillarme.

Ulf Arnstrom comenzó contando cuentos para niños y me habla de un Festival de Contadores Nórdicos, que se celebra anualmente en el noroeste de Canadá, y al que concurren contadores de toda la región circunpolar: Alaska, Canadá, Groenlandia, Islandia y Escandinavia. Él ha ido allá a contar leyendas y mitos de su país y a escuchar los de los esquimales, los samis y otras culturas y tribus. En una ocasión relató un mito escandinavo sobre la creación y una pareja de indios ancianos se le acercó luego a disculparse: no podían creer en esa "historia pagana" que acababa de contar. Ellos sólo creían los cuentos que eran verdad.

Acompaña sus cartas de una postal. Unas colinas boscosas, de gargantas profundas -la foresta de Skule-skogen-, que, hace siglos, era la frontera nórdica de Suecia. Allí, en la prehistoria, antes de la llegada de los rubios nórdicos, vivía el pueblo de los samis, de quien los descendientes contemporáneos preservan toda la historia en fábulas y fantasías. Eran grandes creadores y contadores de historias y cada verano Ulf Arnstrom cruza ese bosque a pie, solo y reverente, en homenaje a los fundadores de esa noble estirpe que con tanta convicción -y talento, estoy seguro- él continúa.

Me pide que le informe sobre el "movimiento de conta ores de cuentos en el mundo de lengua española" y no puedo decirle nada porque ni siquiera sé si existe. Estoy seguro que sí. No se puede haber interrumpido o muerto entre nosotros ese quehacer sobresaliente que hizo posible la novela picaresca y a Cervantes, y que nos dio tanta felicidad e hizo pasar noches sobre ascuas, rememorando la historia del Vizir que se volvió león, la del niño al que le creció la nariz por mentir y la del gato con botas. O, si así fuera, habría que hacer todo lo necesario para resucitarla. Porque oír y decir cuentos es una de las más eficaces recetas jamás inventadas para combatir la infelicidad y, como dice aquella canción, sacarle la vuelta a la vida".

Termino contando el cuento más corto (y uno de los más bellos) del mundo, cuyo autor es Augusto Monterroso: "Cuando despertó, el unicornio todavía estaba ahí".







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