martes, 31 de enero de 2012

Jiri Menzel / Una novela de Bohumil Hrabal


Jiri Menzel
UNA NOVELA DE BOHUMIL HRABAL

BIOGRAFÍA DE HRABAL

Yo que he servido al Rey de Inglaterra es uno de los mejores libros de Bohumil Hrabal. Relata la historia de un ‘pequeño’ camarero checo (se trata de hecho de un hombre de baja estatura) en la Checoslovaquia del s. XX, partiendo de los años de entreguerras y finalizando en la década de 1960. Por boca del propio autor podemos saber que la novela fue escrita en un lapso de tiempo muy corto como reacción espontánea a la presión constante, tanto emocional como social, bajo la que el escritor se vio obligado a vivir durante el periodo de ‘normalización’ (es decir, los años posteriores a 1968) en el que no se le permitía publicar sus obras. Hrabal inunda su larga novela con una vasta cantidad de situaciones, escenas, historias y anécdotas a través de las que va guiando a su héroe. Para la creación de un guion cinematográfico a partir de una narrativa tan extensa, fue necesario realizar una cuidada selección con los elementos más interesantes e imprescindibles, de forma que el largometraje contara con un argumento claro y fuera accesible e inteligible, incluso para los espectadores no familiarizados con la novela.
El guion se centra en dos historias paralelas. La primera sigue las andanzas juveniles y el gradual desarrollo de un ambicioso hombre de baja estatura antes de la Guerra y durante la ocupación alemana cuando, enamorado y guiado por la estupidez más que por el oportunismo, se encuentra del lado del poder ocupante. La segunda historia, entrelazada con la primera, hace únicamente referencia a un breve periodo de su vida posterior cuando, tras años en prisión, busca la paz y la soledad en una localidad alemana abandonada cuyos habitantes fueron expulsados tras la guerra. Su paz se ve únicamente perturbada brevemente por la llegada de una joven de clase obrera. Su juventud y vitalidad le traen recuerdos de sus aventuras amorosas de cuando era joven. Está previsto que la película dure algo menos de dos horas.

              
Bohumil Hrabal es sin lugar a dudas uno de los escritores europeos contemporáneos más importantes, aunque en mi opinión en su obra también rezuman las mejores tradiciones de la literatura checa. Ya a mediados de la década de 1960 la visión del mundo de Hrabal y su manera de interpretar dicha visión fascinaron a toda mi generación. Como muestra de su admiración, siete jóvenes realizadores decidieron unirse para crear Pearls on the Bottom (Perličky na dně), un largometraje basado en varios de sus relatos cortos. Yo tuve la suerte de ser uno de esos siete y, aunque era prácticamente un novato en comparación con mis otros compañeros, más mayores, gracias al éxito de mi cortometraje Mr. Balthazar´s Death (Smrt pana Baltazara), conseguí la oportunidad de llevar al cine la novela de Hrabal Trenes rigurosamente vigilados (Ostře sledované vlaky). Durante la realización de dicho largometraje, el Sr. Hrabal y yo pasamos a ser grandes amigos, lo que nos llevaría a colaborar en subsiguientes adaptaciones de sus narraciones para la gran pantalla. Tras Trenes rigurosamente vigilados, que obtuvo un Óscar a la mejor película extranjera en 1968, además de muchos otros premios, trabajamos juntos en una adaptación de varias historias de su obra Anuncio una casa donde ya no quiero vivir (Inzerát na dům, ve kterém už nechci bydlet). Esto sucedió durante la Primavera de Praga.
En el verano de 1969 de algún modo conseguimos terminar el rodaje de Larks on a String (Skřivánci na niti), también basada en los relatos de Hrabal, que sería inmediatamente prohibida. Veinte años después, en noviembre de 1989, fue finalmente estrenada en los cines y poco después ganaría un Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín. En los primeros años de la ocupación soviética, se nos prohibió trabajar juntos, así que hasta 1980 no pudimos rodar Tijeretazos (Postřižiny), basada en la historia del mismo nombre, que obtuvo un galardón en Venecia y batió récords de público en Checoslovaquia. Esta, mi última colaboración personal con Hrabal, se vio seguida de otra adaptación más de su recopilación de relatos cortos The Snowdrop Festival (Slavnosti sněženek). Dicho largometraje se vio ensombrecido de alguna manera por otros títulos más conocidos, aunque yo creo que es el que mejor capta la esencia de Hrabal.
Amé y admiré la prosa de Bohumil Hrabal desde el primer momento en que la descubrí. No obstante, nunca fue mi deseo el llevar a la gran pantalla una mera ilustración en color de sus narraciones épicas. Más bien, intenté expresar y conservar, lo mejor que pude, la esencia del estilo narrativo de Hrabal, e interpretar su voz a través del lenguaje cinematográfico. Quería ponerme al servicio de un gran escritor haciendo llegar su obra a la mayor cantidad de gente posible – es decir, a los espectadores en el cine y la televisión. Durante más de treinta años, mi trabajo ha estado inextricablemente unido al de Bohumil Hrabal. La novela Yo que he servido al Rey de Inglaterra (Obsluhoval jsem anglického krále) es, para mí, uno de sus mayores logros – una visión del mundo moderno y una parte de la historia del s. XX reflejadas en la vida de un hombre. Mi principal objetivo al llevar esta historia a la gran pantalla era ser fiel a la respuesta lírica aunque sin sentimentalismos de Hrabal ante dicho mundo.


Menzel nació en Praga, el 23 de febrero de 1938. Guionista y realizador, es uno de los más conocidos cineastas checos y nombre destacado de la llamada "Primavera de Praga" en su aspecto cultural y cinematográfico. Ganó un oscar a la mejor película extranjera con una película basada en otra novela de Bohumil Hrabal, "Trenes rigurosamente vigilados", de 1966. "Alondras en el alambre" y "Mi dulce pueblecito" son otros de sus éxitos. Ahora lanza en España "Yo serví al Rey de Inglaterra".


lunes, 30 de enero de 2012

Lucy Leite / Releyendo a Bohumil Hrabal


Bohumil Hrabal

Lucy Leite
RELEYENDO A BOHUMIL HRABAL
BIOGRAFÍA
Literatura de la compasión


Todos tenemos nuestras manías, excentricidades o locuras, pero nos relacionamos con los otros intentando ocultarlas o, como mínimo, convertirlas en meros hechos anecdóticos. ¿Qué pasaría si nos abriéramos del todo, exponiéndonos? Sacaríamos a la luz lo que nos hace diferentes, únicos. Nos haríamos personajes de las historias de Bohumil Hrabal, escritor checo indispensable. Cuando lo leo, siempre me acuerdo de Fernando Pessoa, o del poeta Manuel de Barros, o de Sócrates, pensadores que creaban a partir de su condición de polvo, de su pequeñez, con una compasión visceral por los infelices, por los miserables que tienen vidas llenas de milagros a pesar de sí mismos, por aquellos que no saben nada de la gran filosofía, ni de religión ni de literatura, simplemente porque viven inmersos en ello. Así fue la vida de Hrabal, al que, de joven, le gustaba salir todo engalanado con sus mejores trajes, pero con los pies descalzos, aunque sintiera mucha vergüenza y sus ojos estuvieran siempre fijos en el suelo.
                 Su obra retrata la ironía de los tiempos en los que él vivió durante sus 80 años, con personajes lacerados por deseos (a menudo pequeños) que no logran concretarse simplemente porque hay fuerzas (el poder instituido o la misma ironía de la vida) que no permiten su concreción. Como una vez, en 1946, en que Hrabal, que había abandonado la carrera de derecho, estaba muy contento por haber sido ascendido de su puesto de soldado de artillería y por comenzar a usar un uniforme más importante, solo para finalmente, como en una historia cómica, su ascenso ser revocado. Después trabajó como obrero, metalúrgico, prensador de papeles, vendedor de juguetes, de redes para el bigote, y de todo tipo de cachivaches que lo tenían viajando por la Bohemia, en contacto con las personas que más le interesaban, los seres más sencillos, en los que se ve el dolor y la alegría de lo cotidiano. Por eso, los personajes de sus novelas tienen las profesiones más insólitas, como el viejo que trabaja en una prensa de papeles (Una Soledad Demasiado Ruidosa), el mesero Ditie (Yo que he Servido al Rey de Inglaterra), el anciano zapatero Jiri (Lecciones de Baile para Mayores), el empleado de la ferroviaria (Trenes Rigurosamente Vigilados).
                Sus narraciones en primera persona, en las que se desgarra para mostrar pequeñas particularidades que son tan universales, nos acercan a un mundo melancólico, surrealista, lleno de belleza.
                “[...] estaba tendido desnudo y miraba el techo, la rubia acostada a mi lado, miraba igualmente el techo, y de buenas a primeras me levanté y saqué del florero una peonía y quitándole los pétalos, cubrí el vientre de la señorita, todo él, aquello era tan hermoso que me sorprendí y la señorita se levantaba y miraba también su propio vientre, pero las peonías se caían, así que la volví a acostar tiernamente, para que quedase tendida, y fui a coger un espejo colgado de una escarpia y lo puse de tal manera que la señorita pudiese ver qué hermoso era su vientre decorado con los pétalos de peonías, le dije que sería hermoso, que siempre que viniese y hubiera flores a mano, le cubriría la tripita con ellas, y ella dijo que esto aún no le había sucedido nunca, semejante honor a su belleza, y me dijo también que se había enamorado de mí por aquellas flores y yo le dije que sería hermoso que, cuando en Navidades cortase ramitas de abeto, le cubriese la tripita con aquellas ramitas, y ella dijo que sería más hermoso si le decorase el vientre con muérdago, pero que lo mejor de todo sería, y esto lo tenía que encargar, que hubiese un espejo colgado desde el techo justo sobre el canapé, para que nos viésemos acostados, sobre todo ella, para que pudiera contemplar qué hermosa es cuando está desnuda con la corona de flores en torno al conejito, corona de flores que variaría según las estaciones del año y las flores típicas de cada mes, qué hermoso sería cuando más adelante la cubriera con margaritas y lagrimitas de la Virgen María, crisantemos y dalias y también con hojas de colores otoñales… y entonces yo me levanté y la abracé y me sentía grande [...] comprendí que con dinero no sólo puede adquirirse una bella muchacha, sino que con dinero también es posible comprar poesía.” (Yo que he servido…)

Aquí vivió Hrabal

                 En este tramo de Yo que he Servido al Rey de Inglaterra, vemos el heroísmo del personaje, un éxtasis alcanzado a través de un simple acto de atención hacia una prostituta que se ve coronada de flores. Sus personajes están sumergidos en el absurdo a tal punto que sus corazones no logran dar cuenta de la realidad, sino que, más bien, la realidad los engulle mientras ellos intentan aprehenderla desde la sencillez de sus emociones.
               Hrabal contaba sus historias como lo hacía su tío Pepin, con una verborrea en la que encadenaba relatos de muchas experiencias vividas, pero, principalmente, de alguien que ve la vida como una fiesta o una sorpres, también como hacían los escritores surrealistas con su escritura automática. Pepin era su ídolo, tanto como André Breton o Dali. En Lecciones de Baile para Mayores, por ejemplo, hay una sola oración que empieza y no termina, sin puntos seguidos ni apartes: un hombre va recordando su pasado y una cosa le recuerda otra. Ese estilo está presente en todo Hrabal y hace que sus libros sean una pequeña explosión de milagros y uno se quede siempre pensando en lo sorprendente que es la vida.
              “Los libres pensadores reprochaban a la Iglesia que Cristo, si era Dios, tuviera relación carnal con una mujer perdida, pero yo decía que en eso no había nada que hacer, que ante una belleza yo también me rendía, como no iba a sucumbir Cristo, Nuestro Señor, el hombre más seductor de su época, y ya ven, María Magdalena, aunque de oficio fue ramera en un bar, logró, no obstante, la santidad y conquistó popularidad en el cielo y no traicionó a Cristo; con su propio cabello limpió su sangre y él, pobrecito, clavado en la cruz por haber predicado a favor del progreso social y que todas las personas fueran iguales.” (Lecciones de baile para mayores)
                Hrabal ha sido criticado por haberse mantenido ajeno a la política en su país, por haber cedido ante el régimen para poder seguir publicando, cuando tantos escritores se vieron obligados a exiliarse para sobrevivir. Para él, irse de su país natal era la muerte y allí se quedó ante el miedo, que lo empujó a escribir. Se fue a su casa en los bosques de Kersko, con sus gatos y su mujer Pipsi, y allí escribió dos de sus grandes obras, Una Soledad Semasiado Ruidosa (1971) y Yo que he Servido al Rey de Inglaterra (1976). Pero el pavor no lo abandonó nunca. En Cartas a Dubenka él lo describe muy bien. Lo que quería era ser publicado en su país y nunca traicionó lo que llevaba dentro: las ganas de libertad y de tomar cerveza en el Tigre de Oro sin que nadie le molestara.

El Tigre de Oro, Praga
El Tigre de Oro, Praga

                Si los libros de Hrabal no tienen un tono consternado de denuncia, jamás dejan de abordar el peso de la cultura o del poder sobre el individuo. No el individuo político en tanto parte de una “clase para sí”, sino el hombre común, el que sufre cuando se le muere un gato o que aún intenta buscar dignidad en la humillación inventándose explicaciones que hagan el mundo un poco más plausible. Porque, antes que la política, es el sufrimiento humano lo que nos hace iguales.
              Hrabal se destripaba en sus libros, en los que hablaba de sí mismo, de las personas que conocía, de las historias que escuchaba en los bares. Si su obra fuera pictórica, sería un Hieronymus Bosch, con esas personas con caras de cerdo, tan patéticas y tan dignas de compasión, en un cotidiano mágico, lleno de posibilidades.




domingo, 29 de enero de 2012

Bohumil Hrabal según Monika Zgustová / Un escritor debe ser una persona humilde


Bohumil Hrabal
BIOGRAFÍA
Un escritor debe ser una persona humilde
CONVERSACIÓN CON MONIKA ZGUSTOVÁ

Por Andrea Fajkusová
10-04-2004

"Es un poema en prosa. Cada línea tiene un sentido", dijo el escritor Arnost Lustig acerca del libro "Los frutos amargos del jardín de las delicias" en el que la autora Monika Zgustová relata las peripecias de la vida de una de las mayores personalidades de la literatura checa del siglo 20, Bohumil Hrabal. Con la escritora y traductora Monika Zgustová, que nació en Checoslovaquia, posteriormente vivió y estudió en EE.UU., y en la actualidad reside en Sitges, España, conversamos con motivo de la presentación de la segunda edición de "Los frutos amargos del jardín de las delicias" en checo.
Escuchar: RealAudio

¿Cómo recuerda su primer encuentro con Bohumil Hrabal?
Monika Zgustova, foto: CTK
Monika Zgustova
"Fue un encuentro muy triste porque su mujer estaba muy enferma, tenía cáncer. Y Hrabal estaba tan, tan apenado que casi no veía a la gente. Pero al mismo tiempo era muy entrañable todo, porque Hrabal recibió un plato típico checo, y con un par de cubiertos y una sola cerveza lo hizo circular por toda la mesa donde me encontraba yo, un amigo con quien había venido y otros invitados, y todos comimos del mismo plato, con el mismo cubierto y bebimos del mismo vaso de cerveza".

Este primer encuentro suyo con el escritor se efectuó en su chalet en Kersko ...

"Sí, era allí donde se produjo esta escena, en aquel chalet donde tenía tantos gatos, el chalet que está rodeado por un bosque profundo y frondoso".

¿Y cómo surgió la idea de escribir un libro biográfico sobre Bohumil Hrabal?

"Yo le estaba traduciendo. Traduje unos diez libros suyos, o sea que bastantes, y estaba como fascinada con este escritor. Entonces, de mi fascinación surgió la idea de escribir su biografía, y bueno, poquito a poco se hizo y ahora ya tenemos la segunda edición".

"Nos encontrábamos en una taberna", contó Monika Zgustová."A Hrabal no le agradaba cuando alguien apuntaba lo que él estaba diciendo. Entonces, aprovechaba las pausas cuando tenía que ir al baño para hacerme los apuntes. Y las había bastantes, porque Hrabal bebía mucho cerveza y los que lo acompañaban tenían que seguir su marcha".
Bohumil Hrabal
Bohumil Hrabal
¿En qué difiere esta segunda edición de su libro "Los libros amargos del jardín de las delicias" de la versión original que fue publicada en 1997?

"Las primeras ediciones se hicieron en catalán y en castellano, y el tercer idioma en que se publicó fue el checo. Esto fue aproximadamente dos meses después de la muerte de Bohumil Hrabal. Luego siguieron otros idiomas europeos. La diferencia es que en esta nueva edición checa hay un capítulo nuevo. Es el último capítulo, que se refiere a la relación de amistad, y también un poco de fascinación por una joven norteamericana, April Gifford, que Hrabal llamaba Dubenka o Aprileta".


Arnost Lustig, escritor y amigo de Bohumil Hrabal: "Le gustaban las mujeres, pero permanecía fiel a la suya. Creía que la amistad y el amor son un milagro y que participar en este milagro es un obsequio".

¿Cómo describiría la relación que existía entre Ud. y Bohumil Hrabal? Ud. expresó que quizá no pudiera hablarse de una amistad, sino más bien que Bohumil Hrabal era para Ud. como un maestro.
Arnost Lustig
Arnost Lustig
"Exacto. No podía hablarse realmente de amistad porque había mucha diferencia de edad. Y además él era un gran maestro, y yo en realidad nunca hubiera podido tratarle de amigo. Le tenía demasiado respeto, y además era una persona muy especial, ¿no? Porque a veces estaba de buen humor, a veces estaba de muy mal humor, y entonces mandaba a todo el mundo al cuerno, y ... La verdad es que él se convirtió en mi maestro. Lo noto mucho tanto en los propios textos que escribo, como sobre todo en situaciones de la vida. Muchas veces, cuando tengo que solucionar alguna situación le pido consejo a mi Maestro Bohumil Hrabal".

Josef Zumr, filósofo y amigo de Bohumil Hrabal: "Bohumil Hrabal se interesaba muy intensamente por la filosofía. Jean-Paul Sartre, Karl Jaspers o Ladislav Klíma, eran sus filósofos preferidos. Del último sabía citar largos pasajes. Además sabía de memoria todo el escrito del filósofo chino Lao-Tse traducido al checo".

¿Cuál de los capítulos de la vida de Bohumil Hrabal le impresiona más?

"Yo creo que lo que más me ha impresionado es su humildad. El, aunque sobre todo al final de su vida, sus últimos 25 años, cuando ya publicaba su obra en el extranjero, era una persona que tenía más dinero de lo que era común, nunca jamás ha dejado de vivir como una persona humilde. Siempre decía que un escritor tenía que ser una persona humilde y debía tener el mismo nivel que una persona normal y corriente. El nunca dejó de ser humilde, por eso en su chalet de campo, muy pequeño y pobre, no tenía ni siquiera agua corriente".

Bohumil HrabalMilan Jankovic, fotógrafo y amigo de Bohumil Hrabal: "Hrabal estaba siempre en alerta, sabía muy bien que le estaban tomando fotos. Pero no era un modelo, mantenía una postura natural e indiferente como si no se percatara del fotógrafo".

¿Por qué cree Ud. que Bohumil Hrabal es uno de los escritores checos más populares en Cataluña, o en España, en general?

"Yo creo que es porque describe tan bien la vida, porque habla muy a fondo de la condición humana, porque tiene algunas anécdotas muy vivas y porque tiene tanta vitalidad, tiene una vitalidad como muy pocos escritores".

Arnost Lustig: "Me acuerdo cuando en marzo de 1989 Hrabal vino a visitarme a EE. UU. Lo esperábamos con mi hijo en el aeropuerto, ya todos los pasajeros se habían ido, hasta que por fin vimos a un empleado empujando un carro para el equpiaje. En el carro yacía Hrabal, ebrio porque detestaba viajar en avión, y con el alcohol había tratado de matar esa aversión, antes y durante el vuelo".

Ud. escribe en su libro sobre Bohumil Hrabal que para él el hecho de escribir era como una manera de confesión o de exploración, que incluso se curaba escribiendo. Y para Ud., ¿ qué significa el arte de escribir o de traducir?

"Para mí es como una búsqueda de lo que es la vida, la condición humana, qué es el amor, cuál es la postura del hombre, qué es la amistad, qué es el hombre ante la historia, o sea que todas estas preguntas que siempre se pueden ir contestando desde nuevos ángulos".

http://www.radio.cz/es/rubrica/legados/un-escritor-debe-ser-una-persona-humilde



sábado, 28 de enero de 2012

Piedad Bonnett / La docta ignorancia de Hrabal

Bohumil Hrabal
Piedad Bonnett
La docta ignorancia de Hrabal
El malpensante No. 54
Mayo - Junio de 2004

Una noche, cualquier noche solitaria del año 93, me decidí por fin a leer Trenes rigurosamente vigilados. El libro se veía apetecible, con sus apenas cien páginas, su letra cómoda, y aquel título sugestivo, y pensé que me bastarían unas dos horas para despacharlo y saciar mi curiosidad: unos meses antes había traído en mi carro hasta el norte de la ciudad a un muchacho llamado Juan José de Narváez, a quien vi sólo aquella vez, y la recomendación que me hizo de Bohumil Hrabal fue tan vehemente y bien argumentada que, en cuanto pude, fui a una librería a averiguar qué obras suyas se conseguían. Me ofrecieron esa novela corta, que se hizo famosa por la película de Jirí Menzel, premiada en 1967 con el Oscar a la mejor película extranjera. Pues bien, aquella noche no sólo devoré aquel libro, llena de fascinación y asombro, sino que hice algo que no he vuelto a hacer jamás: lo releí de un tirón en las horas siguientes, con la convicción plena de que estaba haciendo un descubrimiento significativo. Sabía ya, mientras leía, que no olvidaría nunca algunas de sus imágenes: ni al jefe de estación, que pesa 100 kilos pero que baila con una suavidad desconcertante, cubierto totalmente por sus amadas palomas mensajeras, ni a la seducida Zdenicka, que muestra a la policía el trasero estampado de sellos, ni al joven soldado moribundo que mueve sus piernas como si aún corriera. Supe también que su forma de narrar, llena del encanto y la frescura de los mejores narradores orales, iba a aportarle mucho a mi propia escritura.




Seducida, pues, quise saber todo sobre aquel escritor checo, del que sólo se informaba en la solapa que nació en una ciudad de nombre impronunciable, Brno, el 28 de marzo de 1914 —es decir, hace exactamente noventa años—, y que fue “oficinista, ferroviario, viajante de comercio, obrero siderúrgico, jornalero y tramoyista” antes de dedicarse a la literatura. La lectura de sus numerosas obras, todas con un trasfondo autobiográfico, algunas entrevistas, y el libro sobre su vida y obra, escrito por Monika Zgustová, su traductora, me han servido después para dar forma a un Hrabal más definido: por un lado, el hijo natural, criado por sus abuelos, que hace de su tío Pepin personaje de muchas de sus novelas, y que una vez clausurada la universidad por los alemanes, abandona sus estudios de derecho y se dedica a los más diversos oficios; el autor vetado por la censura comunista durante años, que luego encontramos, siempre humilde y un tanto rudo, en fotografías que lo muestran al lado de Mitterrand, de Warhol, de Bill Clinton o de Antoni Tàpies. Y por otro, el Hrabal más entrañable: el mal estudiante, el tímido, la víctima eterna de una “culpa metafísica” (como Kafka), el que descubre la literatura a través de un poema de Ungaretti, el que toca el piano, adora la música y la pintura, el que atraviesa países enteros en bicicleta, escribe sus novelas sobre el tejado porque ama el sol por sobre todas las cosas y disfruta más que nada de las cervecerías, adonde va todas las noches a beber y a escuchar a la gente corriente, la que más le interesaba. Un hombre tierno, libre de todo esnobismo y todo deseo de poder, que alguna vez, según nos cuenta, dio gracias a Dios cuando comprobó que el que lo esperaba a la puerta de su casa era un policía y no un maestro para invitarlo a una tertulia.
En algunas de las fotografías publicadas vemos a un niño gracioso o a un joven apuesto que mira a la cámara con coquetería. Pero en la mayor parte de las solapas aparece un Hrabal ya anciano, con una barbilla afilada, pómulos salientes y cabeza redonda como un bombillo. Sus ojillos maliciosos y muy claros y la boca menuda, surcada de arrugas, hacen que muchos hablen de su cara de gato. A mí me gusta ese rostro de viejo, a la vez sabio y escéptico, porque me remite a Hanta, el personaje de la novela suya que más aprecio, Una soledad demasiado ruidosa, escrita en 1976, a la edad de 62 años. “He vivido sólo para escribir este libro”, ha dicho Hrabal. “A causa de la Soledad ruidosa sigo viviendo, gracias a ella he aplazado mi muerte”.
               Los temas del tiempo y la vejez están en el corazón de esta pequeña obra maestra que tiene como protagonista a Hanta, un viejo borracho y desastrado que prensa papel viejo en un sótano nauseabundo, muy cerca de las cloacas por donde corren y batallan legiones de ratas. A fuerza de estar en contacto con los libros que allí arrojan, el protagonista descubre que “es culto a pesar de sí mismo” y que aquel trabajo ha dado sentido a su existencia, pues le permite crear belleza: cada bala que arma tiene en su centro un libro de Schiller, de Nietzsche, de Séneca, o está envuelta en una reproducción de Rembrandt, de Rubens o de Cézanne. “Yo soy al mismo tiempo el artista y el único espectador —dice Hanta—, y por eso cada día termino rendido y muerto de cansancio, agotado y trastornado y, para moderar y disminuir ese terrible desgaste de mí mismo, me tomo una jarra de cerveza tras otra y por el camino de la taberna Husensky tengo tiempo suficiente para meditar y soñar con el aspecto, con la belleza de mi próxima bala de papel”.
Allí, entre moscas zumbonas y ratoncitos, se le aparecen al personaje, en un delirio ebrio, el joven Jesucristo, “un romántico”, “un campeón de tenis que acababa de ganar Wimbledon”, y Lao Tsé, un anciano “abandonado por las glándulas”, que busca con serenidad una buena tumba para su regressus ad originem. En la contraposición dialéctica de los contrarios, Hrabal-Hanta pareciera identificarse con este último, con su docta ignorancia. La misma que le permite escoger, cuando es obligado a prensar papel blanco, vacío de sentido, la misma muerte de Séneca, consciente de que va allí, al otro lado, para “saciar mi curiosidad”.




Ya para Trenes rigurosamente vigilados se había valido Hrabal de los recuerdos de los tiempos en que trabajaba en la estación de ferrocarriles de Nymburk. Para escribir Una soledad demasiado ruidosa utilizó, en cambio, su experiencia como empleado en un depósito de papel viejo situado en la calle Spálená de Praga. Pero de los muchos oficios que debió desempeñar, uno lo marcó especialmente: de 1949 a 1954 fue obrero en los altos hornos Martin, en una fábrica siderúrgica en la ciudad industrial de Kladno. Allí, a manera de castigo, trabajaban con él antiguos profesores universitarios, hombres de empresa, científicos, rechazados por el nuevo régimen. A estos seres marginados, que aparecen también en las novelas de Kundera —y por medio de los cuales se denuncia el totalitarismo comunista—, los llamó Hrabal en Una soledad demasiado ruidosa, “ángeles caídos”: “Mis mejores amigos —dice Hanta— son los que limpian las cloacas, dos académicos que aprovechan los conocimientos de su trabajo para escribir un libro sobre las cloacas y las alcantarillas de Praga, ellos me han contado que los excrementos que fluyen hacia las depuradoras de Podbaba son diferentes los domingos y los lunes, que cada día laboral tiene su idiosincrasia, y que estudiando la porquería se puede llegar a establecer un gráfico que define el flujo de los excrementos, y según la cantidad de preservativos se puede precisar en qué barrios de Praga la gente es más activa sexualmente y en cuáles lo es menos...”.
La experiencia que recrea Hrabal es, pues, tanto personal como histórica: en algunos de sus relatos está presente la historia checa, con sus escritores Capek, Halas, Vancura, y sus héroes y sus verdugos: desde Jan Hus hasta Dubcek, pasando por Masaryk, la horrible invasión alemana y la paulatina estalinización del Partido Comunista. Es en Yo que he servido al rey de Inglaterra, sin embargo, donde la tragedia de la guerra está pintada con tintes más dramáticos, si bien matizados por un agudo humor negro y una implacable ironía. El pequeño camarero que hace de protagonista en la novela termina por servir en los hoteles de los alemanes: en el primero de ellos, las rubias mujeres arias que han sido embarazadas por hombres del ejército del Tercer Reich nadan en piscinas transparentes y beben vasos de leche esperando que nazca el esperado “hombre nuevo”. En el otro, los hombres que van a la guerra pasan la última noche de amor con sus amadas. Luego el personaje los volverá a ver bañándose en el río, cientos de hombres mutilados, nadando lentamente, pues “les faltaba una pierna, o las dos desde las rodillas, algunos no tenían piernas, quedaban sólo los torsos, movían las manos en el agua como ranas...”.
En estos escenarios pinta Hrabal a sus protagonistas, que son, por lo general, personas del montón, a veces, incluso, seres aparentemente insignificantes: hombres que enrojecen cuando los mira una mujer, que tartamudean y tropiezan, capaces de ternura y, mal que bien, de reflexión sobre sí mismos. Todos estos personajes tienen un fondo autobio­gráfico, pero en Bodas en casa esto es llevado hasta el extremo: Hrabal se pinta a sí mismo y cuenta muchas peripecias de su propia vida desde la perspectiva de su mujer, recurso que le permite, tomando distancia, retratarse con crueldad, ternura, humor, a la vez que rendirle un homenaje a su esposa mientras la caracteriza.
               “Presten atención a lo que voy a contarles ahora”: así comienza Yo que he servido al rey de Inglaterra, dejándonos entrever que su prosa va a estar determinada por el tono del relato oral. “Cháchara de cervecería” llamó Václav Cerný a sus escritos; de “verborrea de taberna” los calificó Emanuel Frynta. Y es que sus narradores hablan con la imaginación, la gracia, la recursividad expresiva y la libertad de ciertos personajes salidos de la entraña popular; tal vez la de aquellos contertulios de las cervecerías praguenses a los que Hrabal iba a oír silenciosamente, noche a noche, o la del tío Pepin, personaje extravagante que hilaba una cosa con otra con gran ingenio y sabiduría.
Adivinamos en sus textos la influencia de Céline, uno de sus autores favoritos, y la desmesura de otro de sus autores de culto: Rabelais. “Sabe decir las cosas más groseras como un verdadero amante— dice de Hrabal el escritor Jiri Kolar—, de modo que en sus labios las palabras más fuertes no resultan nunca vulgares”. La manera en que sus personajes hablan nos hace siempre sonreír: abundan la digresión, la anécdota, la reflexión lapidaria, y por supuesto, como en los relatos de Rulfo —quien también trató de llegar al fondo de personajes sencillos, rústicos—, mucha, mucha poesía.
Cuenta la biógrafa de Hrabal, Monika Zgustová, que el escritor tenía gran afición a las películas grotescas. Y grotesco es el humor único de su narrativa; el que lo lleva a mostrar a Hanta raspando con una espátula los restos de su tío, que ha muerto en pleno verano y se ha desleído como “un queso camembert”; a la hermosa Maruja, que ha untado de excrementos las puntas de sus trenzas en la letrina, salpicando sin darse cuenta a los demás mientras gira en brazos de su enamorado; o, en Personajes en un paisaje de infancia, a los convidados a la matanza de un cerdo, ebrios, jugando a echarse la sangre del animal entre carcajadas jubilosas que terminan por producirles llanto. “Soy anfibio, vivo en dos casas al mismo tiempo —dice Hrabal—. La risa rabelaisiana, el llanto heraclitiano. Y es que... el gran SÍ y el gran NO van juntos”.

            


             La desmesura invade, pues, sus relatos, llevándolos al borde de lo que en estas latitudes hemos llamado realismo mágico, hasta el punto de encontrarnos en el centro mismo de Yo que he servido al rey de Inglaterra con un enorme camello relleno que un batallón ha asado para homenajear al embajador de Abisinia, Hailie Selassie, y “en cada porción siempre había un trozo de camello y de antílope, y en el antílope de pavo, y en el pavo, pescado y relleno y guirnaldas asadas de huevos hervidos...”.
La narrativa de Hrabal, a pesar de la sencillez de su lenguaje, nos conecta con lo profuso, lo múltiple y fragmentado. En las conversaciones con sus críticos el escritor repite que trabajaba con “tijeras en mano”, para armar textos con “recortes de realidad”. Influido como estuvo por las vanguardias europeas, se dejó tocar por las técnicas asociativas del surrealismo, por los métodos del psicoanálisis, y por el “action painting” de Pollock, que lo llevaron a una escritura-río, catarata verbal con un fondo de escritura automática que, domada por la racionalidad, resulta de gran capacidad expresiva. “Me esfuerzo por alcanzar un profundo inconsciente trasladando todas esas cosas al subconsciente y sólo después intento iluminar mi vida pasada desde una clara conciencia, lo hago para salvarme, para curarme con su explicación, curarme y cicatrizarme poco a poco”, escribe en su libro Quién soy yo, suerte de texto-collage donde reflexiona, narra, cita, en fin, da cuenta de sí mismo de manera fragmentada pero significativa.
Alguien dijo que los escritores jóvenes imitan y los maduros roban. Hrabal se declara a sí mismo “... un ladrón de cadáveres, un profanador de nobles sarcófagos”, y confiesa haber saqueado a Céline, a Ungaretti, a Camus, a Erasmo de Rotterdam y a muchos más. Como Borges, el escritor checo pensaba que todo intento de innovar es vano; como Hanta, su personaje, que el cerebro es “un fajo de pensamientos prensados” y que esos pensamientos, cuando son verdaderos, provienen siempre del exterior. Él, como tantos autores de primera, no tenía el miedo a las influencias de que habla Harold Bloom.
En febrero de 1997 Bohumil Hrabal murió al caer del quinto piso del hospital donde se recuperaba de una enfermedad que no parecía grave, mientras daba de comer a las palomas en la ventana. Su larga vida le había permitido escribir casi veinte libros, y publicarlos casi todos a pesar de la censura, que tantas veces lo silenció o mutiló. Sabemos que no temía a la muerte, que como Hanta sabía con Lao Tsé que “nacer es salir y morir es entrar”, que el progressus ad originem es el regressus ad futurum. “Ya no evito nada que sea mortalmente peligroso, ignoro todo peligro, he perdido el miedo. Sólo deseo habitar en la no libertad de la luz”, escribió alguna vez, cuando ya era viejo, y probablemente había logrado la sabiduría que tanto buscó a través de sus personajes. La misma que lo hizo escribir, pensando en el cielo estrellado y la conciencia moral de que hablara Kant, pero también en el Tao te king: “El cielo no es humano, y el hombre que piensa tampoco lo es”.


DE OTROS MUNDOS

viernes, 27 de enero de 2012

Monika Zgustová / Bohumil Hrabal y el espíritu del siglo XX

Monika Zgustová
Bohumil Hrabal y el espíritu del siglo XX
BIOGRAFÍA DE BOHUMIL HRABAL

El País, 21/07/2007

El autor de títulos como Una soledad demasiado ruidosa es uno de los escritores checos más singulares de la Europa del siglo pasado. La revisión de su obra, una década después de su muerte, realza el acierto de su mirada sobre el alma de una centuria ruinosa para la humanidad. Bohumil Hrabal buscó el arte en la decadencia, la marginación, la dejadez, la derrota y en la miseria urbana visual y verbal en que el hombre había convertido al hombre.




Hace diez años que Bohumil Hrabal (1914-1997) sorprendió a decenas de miles de lectores en toda Europa con su insondable muerte: ¿se cayó casualmente por la ventana mientras daba de comer a los pájaros, como lo quisieron las primeras noticias sobre el asunto, o se suicidó? Hoy ya sabemos que, con toda probabilidad, Hrabal abandonó la vida por voluntad propia. Ahora, diez años más tarde, Hrabal sigue siendo un escritor de culto; ninguno de sus lectores puede resistirse a la magia de su narración en primera persona y al atractivo de sus personajes inauditos, estrafalarios, originales, esos quijotes de la cotidianidad, provenientes de las fábricas y las cervecerías.


Sabía que no tenía que escribir como las llamadas personas correctas, debía transgredir convenciones y tabúes.


Para Hrabal, la gran literatura universal tiene la tendencia a acercarse al "vertedero de la época": el protagonista, cuanto más baja en la escala social, más gana en carga eléctrica. Según el autor checo, en una época en la que el cielo se había derrumbado y la humanidad sólo dependía de sí misma, el arte y la literatura habían bajado al nivel de la gente corriente y de los marginados. Y por ello, la Praga golpeada por la ocupación nazi y por la Segunda Guerra Mundial, y sometida al comunismo, era el escenario ideal.
Hrabal, que vivió el siglo XX de lleno y se apoderó de su estética y de sus grandes contradicciones, deambulaba por la Praga de los cincuenta y sesenta, y le parecía que todo lo que veía existía para iluminarle: cada peatón derrotado era para él una piedra preciosa, cada persiana rota, cada montón de chatarra y los trastos viejos que flotaban mansos sobre el Moldava eran para él el más bello assemblage. Caminaba por Praga y devoraba con la vista las decenas de torres con su pintura desconchada y los centenares de casas cubiertas de oxidados andamios de pies a cabeza... En sus estrechas callejuelas se daba cuenta de por qué la miseria urbana había inspirado a Rimbaud y a Baudelaire, de por qué Lautréamont había inventado la metáfora de lo que para él representaba la belleza: el encuentro insólito de una máquina de coser con un paraguas sobre la mesa de operaciones. Erraba por Praga y le deslumbraban todos esos assemblages y collages y montajes, que habían creado en las calles de la capital checa por error y por dejadez y que podrían considerarse un azar objetivo, capaz de evocar un poema simultáneo, e hizo suya esa estética, tan propia de la segunda mitad del siglo XX, en una apuesta muy cercana a la que, en el ámbito de la pintura, haría en España Antoni Tàpies, a quien Hrabal admiraba.
Se fijaba en los multifacéticos aspectos de aquel desorden no sin estilo para intentar darle forma, al llegar a su casa, a través de la corriente horizontal del hablar vivo, en fragmentos que expresaban el trueno de la calle y el ruido de las muchas soledades que aprendía en los monólogos escuchados cotidianamente en las cervecerías de Praga. Así nacieron los embriones de sus grandes novelas, como Yo que he servido al rey de Inglaterra, Una soledad demasiado ruidosa o Bodas en casa.
Aunque con la publicación de cada libro adelgazaba varios kilos, porque cada vez le asaltaba la mala conciencia de haber insultado o indignado a alguien, Hrabal sabía que tenía que escribir sobre la gente que no hablaba como las llamadas personas correctas, que debía emplear el argot y los vulgarismos y transgredir las convenciones y los tabúes: sabía que debía provocar y luego beber hasta la última gota el cáliz del sufrimiento. Hrabal siempre intentaba robar el fuego, violar las prohibiciones y así crearse a sí mismo y a su obra; sólo así su firmamento podía quedar apaciguado.
Bohumil Hrabal, uno de los autores europeos del siglo XX más lúcido y brillante, en sus textos procuró dejar en segundo término el brillo del intelecto para intentar captar la vivencia y, a través de ella, igualarse al polvo en el que se iba a convertir. Su obra es el testimonio de ello.



jueves, 26 de enero de 2012

Así comienza / Una soledad demasiado ruidosa

Bohumil Hrabal
BIOGRAFÍA
UNA SOLEDAD DEMASIADO RUIDOSA
Traducción de Monika Zgustová


Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story. Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo, y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos. Por regla general, prenso unas dos toneladas por mes, y para tener fuerzas para este bendito trabajo, durante treinta y cinco años he bebido tanta cerveza que con ella se podría llenar una piscina olímpica o una buena cantidad de viveros de carpas navideñas. De esta manera, a pesar de mí mismo, me he vuelto sabio y ahora me doy cuenta de que mi cerebro es un fajo de pensamientos prensados en la prensa mecánica, mi cabeza calva es la nuez de Cenicienta, y sé bien que los tiempos en los que el pensamiento estaba inscrito en la memoria humana tenían que ser mucho más hermosos; si en aquel tiempo alguien hubiese querido prensar libros, tendría que haber prensado cabezas humanas, pero tampoco eso habría servido para nada, porque los verdaderos pensamientos provienen del exterior, van junto al hombre como su fiambrera de fideos y por eso todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo.


Bohumil Hrabal
Título original: Prílis hluoná samota
Una soledad demasiado ruidosa
Buenos Aires, Ediciones Destino, 1990, 160 p.


miércoles, 25 de enero de 2012

Jaime Echeverri / Fanny Buitrago



Jaime Echeverri
BIOGRAFÍA

BUITRAGO, CELEBRACIÓN


Delgada, morena, no muy alta. Inteligente y vivaz. Así es Fanny Buitrago, quizá la mejor novelista colombiana del siglo veinte. Su aparición en el panorama literario colombiano se dio en medio del escándalo. No porque ella haya sido escandalosa, sino porque su nombre estuvo asociado al nadaismo. Ella, por cierto, dejó claro que no pertenecía al movimiento y se suscribía, o la suscribió la revista La Nueva Prensa, como existencialista. Esto sucedía a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, cuando los nadaistas hacían sus trastadas publicitarias y mediáticas.

            Es ya todo un tópico decir que esa fue una época de grandes cambios, pero los hechos lo confirman. En la mitad del siglo pasado Colombia entró al presente. La migración del campo hizo crecer las ciudades y una nueva cultura urbana trajo nuevas visiones y perspectivas en lo económico, lo social y lo político. Y, claro, en lo intelectual y lo artístico. Surgieron nuevos nombres, una nueva sensibilidad y un pensamiento crítico completamente innovadores. Y, aunque con visos provincianos, empezamos a integrarnos  y a seguir el pulso del mundo. A esto contribuyeron las revistas Mito, La Nueva Prensa, Guiones y el suplemento cultural de El Espectador, medios que sirvieron de caja de resonancia a las nuevas voces del cambio. Cali, Medellín y Barranquilla empezaron a competir con Bogotá en el ámbito de la cultura. Movimientos plásticos y literarios le dieron oxigeno a una cultura  adormecida, pacata y sensiblera.

martes, 24 de enero de 2012

Jaime Echeverri / Claudia Piernaslindas

Flaubert y piernas
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Jaime Echeverri
BIOGRAFÍA
CLAUDIA PIERNASLINDAS

Resta, testa, contesta, floresta, fiesta, todos hacen la siesta en clase, menos Claudia y yo. Ella espera que pase alguna cosa y yo armo palabras que después no voy a pronunciar. Miro a la ventana y veo pasar un bote tripulado por una nube leve. Sostenido con imanes, pienso yo. Tal vez amarrado con hilos de sueño. Es bella Claudia. Está sostenida por unas bellas piernas largas y casi no tiene bultos en el pecho. Así deberían ser todas las mujeres. Claudia Arango está escrito muchas veces en mi cuaderno, pero nadie lo sabe. Este cuaderno no se los muestro a nadie.
Todos dicen que Claudia Arango es rara y medio puta. A mí eso no me importa, nunca hago caso de los chismes y creo que cada quien tiene derecho de hacer de su vida lo que quiera, aunque los otros nunca entiendan. Pero esto quiere decir que todos se fijan en ella porque es linda y llamativa. En la clase hay otras. Como diez. Sí, como diez porque nunca me tomo el trabajo de contarlas. me gusta Claudia Arango porque es callada. Habla sólo con Checho, Cris y Jorge. De vez en cuando conmigo.
La ventana se llena con una mancha negra. Nubes de lluvia o un avión que pasa demasiado bajo, tan bajo como para ensombrecer el hueco de la ventana. Espero que se caiga, que se estrelle contra la torre mayor de la catedral. Nada. Claudia no se da cuenta de la pequeña noche en la ventana. Checho dice que ella no se da cuenta de nada. Claudia no se ha dado cuenta que la quiero. Nadie lo sabe y ella menos que nadie. Yo solamente escribo su nombre cada vez con más fuerza en mi cuaderno. Y la miro en las clases. He notado que los profesores le tiene preferencia por ser hija de un senador, por tener mucha plata o por ser calladamente inteligente. Las demás le tienen envidia y por eso dicen que es medio puta. A mí nadie me envidia, casi ni me miran y cuando lo hacen me miran con desprecio. Pero yo me hago el loco.
Claudia se sienta dos puestos adelante del mío. Le conozco bien la nuca y el pelo que se le resbala hasta los hombros. He repasado su espalda tantas veces, que me la he aprendido de memoria, pero sólo hasta la mitad. De allí en adelante está protegida de mis ojos por la tabla del espaldar. Me he especializado en dejar caer alguno de mis útiles al suelo para agacharme a recogerlos y poderle ver parte de sus piernas largas y lindas. A veces creo que ella me tiene desconfianza, como todos. Pero se atreve a hablarme. De vez en cuando voy con ella y con Checho, Jorge y Cris hasta la Casa de Vidrio. Nos sentamos siempre en una mesa de atrás desde donde se ve Manizales desparramada sobre la cordillera como si las casa hubieran llovido desde el cielo.
He seguido muchas veces a Claudia. La he perseguido cuando salimos del colegio. Sale despreocupada, como elevada, sin mirar para atrás. Se sube en un bus y yo, que he tenido que vender alguna de mis cosas para poder pagar el pasaje, subo también. De Fundadores a Palermo el viaje no es muy largo, pero a mí siempre me parece demasiado corto, muy pero muy corto. Cada vez me subo al bus pensando decirle alguna frase, mostrarle el cuaderno donde está escrito su nombre tantas veces, que más parece un cuaderno suyo que uno mío. Pero la decisión se me evapora entre una parada y otra. Desde mi asiento la veo levantarse para bajarse en la próxima esquina. Pasa junto a mí como si no me viera y, apenas pasa, me alisto yo también. Yo le agradezco a Claudia que no se dé cuenta que la sigo porque me moriría de vergüenza si me mirara de pronto. No sabría qué hacer. Las palabras se me revolverían en la punta de la lengua y, al final, no encontraría ninguna para decirle.
Contra su indiferencia y mi silencio he averiguado muchas cosas de Claudia. Cosas que van más allá de saber dónde vive o cómo se viste los domingos. Los rumores de rara y medio puta deben venir de su indiferencia con todo y ante todos y de salir con algunos tipos que vienen a buscarla por las noches. Van a una finca en las afueras. La noche que llegué hasta allá no pude saber lo que hacían dentro. La excesiva iluminación de los jardines no me dejó acercar. Tuve miedo de trepar la verja, pero oí música y todas las ventanas me dejaron ver sombras que nadaban entre la luz. Bailaban o simplemente se movían de un cuarto a otro en un flujo constante. No pude saber más y tuve que caminar una larga y pendiente carretera para poder regresar. Hacía ya un buen rato que se había ido el taxi que me llevó cobrándome un dineral. Lo despaché apenas llegamos para evitar que el chofer fuera testigo de uno de mis fracasos.
Aunque se muchas cosas de Claudia, ella es para mí una gran posibilidad de fracaso. Es inalcanzable, imposible de conocer más allá de los datos aislados que me dan el espionaje y la averiguación. Eso, más el hecho, imposible de disimular, de ser invisible para ella. lo único real, a lo único que tengo acceso es a su nombre y lo agoto escribiéndolo una y otra vez y cada vez con más fuerza en mi cuaderno.
 Claudia decide mirar al techo en esta última clase. Yo sigo organizando palabras que no voy a decir, hilo, filo, pistilo, vilo, mientras el sol acaricia delirante el asfalto y las nubes pasan lenta y suavemente por el cielo azul, como algodones que limpian un cristal. Voy a extrañar la voz hipnótica, arrugada y cansada del profe, la siesta colectiva de los compañeros y las miradas al vacío de Claudia. Ella y yo los únicos despiertos, los únicos que nos dejamos ir, arrastrados por el río de palabras, ella y yo los mejores, según dice el imperturbable maestro.
Entre las palabras que tejo y destejo, en mitad de una frase sobre un libro del siglo veinte, “esa literatura que destruye las formas y descubre otros caminos...”, como dice el profe con su voz gastada, armo y desarmo lo que he podido saber sobre Claudia Piernaslindas que llena con su nombre mis noches, mis días y las hojas del cuaderno.
Mamá linda tenía Claudia. Alta, ojigrande, cejas pinceladas sobre una piel de porcelana. Sus piernas debieron ser largas, la cintura estrecha y la cadera amplia. Sus senos debieron ser pequeños y dicen que caminaba con porte de reina. Las lenguas se enmelazan hablando de ella y de su alegría. Hasta mamá, que casi nunca le da a ninguna mujer la oportunidad de ser hermosa, dice que era tan bella que le quitaba la respiración y el habla, como si al mirarla se perdiera el aliento. Pero esas son cosas de mamá. Hay lenguas que lo dicen de otro modo. Que cuando miraba hacía temblar a la gente. Que sus ojos cavaban en los otros tan profundamente que el fulano o la fulana que la miraba no resistía la fuerza de su mirada y tenía que cerrar los ojos o desviarlos o agachar la cabeza para que esos ojos ardientes y penetrantes no descubrieran secretos guardados por tanto tiempo, que parecían podridos y olían mal. Pero eso no es más que imaginación de la gente. Yo no he conocido a nadie así.
Se llamaba Clara y no sé quién de su familia había tenido que ver con la fundación de la ciudad, el abuelo o uno de sus hermanos o alguno de los múltiples primos del abuelo que igual que él había quedado por fuera de la herencia. Todo eso es lo que flota alrededor de Claudia, pero nadie lo nota. Ya pasaron los tiempos en que la conversación se reducía a recordar el momento en que Manizales había sido acaballada en el lomo de la cordillera. Al irse agrupando las casas en el rancherío inicial y luego en el pueblo extendido con pretensiones de ciudad, el tema se fue disipando hasta quedar convertido en el vago orgullo de los descendientes de las primeras familias que se asentaron en la masa de falso heroísmo  con el que se agigantan a la fuerza actos elementales. De ese chismorreo se pasó a otro, al espionaje del vecino, a los comentarios de viejas rezanderas a la salida de la iglesia, a las tristes desgracias de un zutano y las desventuras aplaudidas de otro. Por eso aquí no hay secretos. Sólo queda esa aureola del sigilo  con que se hacen ciertas cosas, esa ingenua seguridad de que nadie más que el autor sabe lo que realmente sucede. Pero hay ojos y oídos en el aire.
La cascada adormecedora del maestro corta el aire espeso de la tarde. Aire condensado por los ronquidos de los compañeros, mientras el profe habla del cambio de sentido de la épica que ha introducido la literatura de este siglo. Mientras, yo reconstruyo la imagen de la mamá de Claudia y ella deja volar sus ojos a un punto ciego del salón. La tarde está en ese momento en que todo el mundo parece haberse ido a otra parte, como si el silencio se tragara a todos, como si la inercia silenciosa fuera la única ley del movimiento. Hasta el pensamiento fluye como si nada lo impulsara ni lo detuviera, rueda por la cabeza con tanta serenidad, que es más el sueño de un sonámbulo que la cavilación de un ser despierto. Y Clara Piernaslargas, madre de Claudia Piernaslindas envuelve su afamada alegría entre los tules y encajes de un vestido de novia que se le adhiere al cuerpo. Hubo dos Claras entonces. La alegre soltera de risa fácil, de sonrisa dibujada en la cara. Y la opaca Clara cariseria con ojos próximos al llanto. Así como era famosa su alegría antes del matrimonio, así se popularizo su tristeza, metida en su cuerpo después de la boda y que se le salía por los ojos y le pesaba en las comisuras de los labios. Las lenguas interpretan: algo debió ocurrir en la noche nupcial, el senador, a pesar de su apariencia de galán gardeliano, superando el atractivo de sus sienes de plata y de sus  rasgos finos, debía tener algo muy íntimo sin funcionar; el senador Arango se casó para disimular una mariconería que podía perjudicar su carrera política. Pero nunca se supo con claridad lo que opacó la sonrisa de Clara. Que al senador le funcionaban bien sus partes íntimas lo testifican Claudia, Tatiana y Oscar. Y nadie pudo probar que el senador persiguiera a los muchachos. Algo que traspasaba los cuerpos, intenciones sombrías, revelaciones imprevistas, secretos descubiertos bruscamente o terrores sexuales, fue lo que pudo apagar el chispeante brillo alegre en los ojos de Clara.
Claudia parece hechizada y mira con atención al profe que dice que los héroes ya no son grandiosos, ya no son héroes ni seres sobrehumanos llenos de cualidades, valores y poderes, sino seres corrientes, como nosotros, humanos que luchan por entender la vida como si el genio creador de la humanidad se hubiera dado cuenta de la necesidad de rescatar del anonimato la actuación cotidiana de la mayoría esa masa de habitantes del planeta “pero esto no es otra cosa que un paso más en la historia - no en la historia de la literatura o el arte, sino en la historia en general -, porque la literatura como todo el arte sigue el ritmo del tiempo...” El sopor de la clase empieza a endurecerse, a hacerse pesado en las inútiles cuatro de la tarde.
No era la tarde cuando Clara se casó. Fue una mañana como cualquier otra. El doctor Arango, ilustre senador, pantalón a rayas y saco leva que lo hace parecer un ave exótica, las rayas alargándole las piernas y el saco pesado bajándole los hombros, marchaba con paso presidencial hacia el altar. ¿Sabía lo que le esperaba a la salida de la iglesia?  ¿Sabía lo que sucedería con la sonrisa de su novia? Parecía como si la sonrisa de la que al salir ya era su mujer le estorbara, como si le dañara un cálculo, como si le restara poder a su mirada, a su figura, a los movimientos y gestos que enfatizaban los ecos ondulantes de sus discursos. Parecía que su matrimonio tuviera como única finalidad borrar la sonrisa de los labios de Clara, deslustrar el brillo de sus ojos, abolirles la fuerza y la gracia.
Lenguas intérpretes se reúnen en el café, pasan el dato al club, lo comentan y transmiten sobre la almohada para reventar convertido en otra cosa en el atrio de la catedral el domingo después de la misa del mediodía. Ni un movimiento se escapa, ningún gesto se descuida, ninguna frase oída al pasar se desatiende. Así se va registrando la vida de todos. Por eso resulta extraño que no se hubieran dado cuenta de lo que pausada y silenciosamente hacía Clara para recobrar el brillo de sus ojos y la alegría de sus labios. Se comentó su creciente barriga que contuvo el tiempo suficiente la llegada de Oscar. Se festejó su nacimiento. Se tergiversó su futuro. Se trató así de olvidar la abultada tristeza de Clara, reemplazándola por la potencia reproductora del senador Arango, confirmada después de un tiempo prudencial por la llegada de Tatiana. La pausa fue más larga con Claudia. En esa pausa el senador afianza su poder. Sus calientes discursos en el congreso levantaban tantas ronchas, que le impedían ver lo que hacía Clara en Bogotá, mientras él componía frases lapidarias, impostando y ahuecando la voz, dejándose llevar por la retórica usurpada a griegos y latinos, cautivándose y embelesándose con sus frases hasta despertar con un bofetón de un contrincante liberal, cansado de oírle la idea de reimplantar la pena de muerte para detener la ofensiva de la violencia. Allí, el senador Arango fue realmente senador. Haciendo honor al apodo ganado desde la adolescencia por sus poses magníficas, por su paso rápido y marcial, por los pulgares estirando las sisas del chaleco al dar una opinión sobre cualquier trivialidad, cada día salía su foto en los periódicos. Después del receso, forzado por la dictadura militar, el hombre regresó al senado y de allí a un ministerio y de allí a un lugar de eminencia en el directorio nacional.
         “... también trata del amor de otra manera...” Las palabras del maestro traen caricias cansadas. Su voz se endulza sin variar el tono, como respetando el adormilamiento de los compañeros. “Ahora el amor no es grandioso ni usa palabras grandilocuentes. Ya no es únicamente frases e insinuaciones. Se realiza en párrafos duros, crudos, amargos de una franqueza terrible y dolorosa.” A Claudia parece haberle dejado de importar lo que el profesor dice y está ahora ensimismada intentando atrapar algún recuerdo, digo yo. La luz del atardecer se le mete en el pelo haciendo resplandecer su cabeza. “... el amor es violento, carnal, sin ternura...” Queda flotando esa palabra por un momento sobre las cabezas dormitantes, hasta desvanecerse en un carraspeo. Me pregunto qué soñarán los durmientes.
Claudia Arango también era otra antes de la muerte de su madre. Era una niña dulce, atemorizada por el mundo y tenía ocho años. Todo cambió ese día en que cumplía ocho años. El cumpleaños de un niño no es un motivo suficiente para organizar una gran fiesta. Ariel Arango debía tener otros motivos. Todas las lenguas principales de la ciudad estuvieron allí, bífidas y extremadamente peligrosas, generadoras de los grandes enredos: lenguas ingenuas, transmisoras, lenguas de nudo ciego que oyen una cosa, entienden otra y dicen una distinta: Todas las lenguas aseguran haber visto a Clara abandonar bruscamente la mesa, su rápida salida del comedor, el suspenso de unos diez minutos antes de la salida de Claudia. Y haber oído luego el sonido hueco del disparo apagado por las paredes, y en seguida el grito agudo, cortante de la niña y su carrera hacia abajo, casi volando por las escaleras, huyéndole a la parálisis inicial. El senador y algunas lenguas subieron hasta el cuarto matrimonial para encontrar el teléfono pendiendo de su hilo y el cuerpo de Clara con el hilo vital roto, desmadejado en el borde de la cama. Cada lengua hizo su versión dramática de la escena. Cada lengua dice haber visto lo que quiso ver. Cada lengua le puso la sangre que necesitaba, el estado de la cama y el timbre de la otra voz cortada en el teléfono. Cada lengua silabeó sus interpretaciones y salivó sus desconciertos. las lenguas sorprendidas se sintieron burladas, se tuvieron que reconocer desconocedoras de los desplazamientos de Clara, de todas sus andanzas mientras el senador templaba su voz en el congreso de la república.
Nadie supo con quien habló o intentó hablar antes de coger el revólver de su esposo para revolverle la existencia. Nadie sabe si fue parte de una escenografía que Clara imaginó muchas veces para vengarse así del hombre que le había entristado su alegría. lo único que se sabe es que ese acto quedó palpitando en la memoria de Claudia como un enigmático regalo de cumpleaños. La escena la maduró endureciéndole la cara, obligándola a abandonar precipitadamente el falso rosado de la infancia. Empezó por destrozar una por una sus muñecas, desmembrándolas con una mezcla de curiosidad, cuidado y rabia. Con los juguetes se rompió también su locuacidad apabullante, creando una franja de silencio que la envolvió desde ese mismo momento.
Aunque los hermanos sintieron la ausencia de la madre, no demostraron su tristeza. El duelo iba por dentro, como dicen. El luto ensimismado del senador, su retiro momentáneo de la política con el fin de reorganizar su vida le dieron un halo de leyenda que ocasionaba una compasiva admiración. Con firmeza de líder en envió a Londres a sus hijos, un poco para salvarlos de la pena y, otro, para aligerar su propia carga emocional.
Claudia Arango empezó a escribirse en mi cuaderno al comenzar el año. El tiempo se dilata y contrae, podría habernos dicho el profesor de física. Es mucho y poco un año. Y este ha sido especialmente corto y largo. Desde que entré al salón y oí su nombre y me fijé en ella supe que el año sería muy corto. Cuando empezó a hacer sus preguntas raras, diciéndole al profesor que si las pirámides egipcias no eran un canto de vida y no monumentos a la muerte como las mayas, que si el libro de los muertos no era una confirmación de uno mismo, que si las momias no eran una tentativa inútil pero válida de apresar la vida en una forma, que si la vida no era sino un círculo vicioso para engañar a la muerte y otras cosas así, me tuve que contener para no saltarle encima con una frase que le hiciera ver que en esa clase yo era el amo y que, en cierto sentido, tenía que tener en cuenta mis opiniones. Pero preferí escribir su nombre en el cuaderno y esperar en silencio que pasaran los días. Me hice sombra de sus movimientos, preguntador de su historia y conocedor de las versiones lenguadas de la gente.
Al comienzo todos nos acercamos. Cada quien tenía sus motivos. Unos por una gran curiosidad ante la nueva, otros porque habían oído la historieta, otros, porque les inquietaba una mujer como ella. Algunos más porque habían oído decir que acababa de llegar del extranjero. Pero la seriedad y la distancia que uno casi podía tocar, hicieron que todos nos alejáramos como quien huye de una maldición. A mí me dio miedo aproximarme al fuego.
Pienso en el miedo en el momento en que el profesor dice que “la literatura de este siglo es atrevida, no le tiene miedo a las palabras, llega inclusive a ultrajar el lenguaje, sin que esto quiera decir que destruya a la literatura misma. Todo lo contrario - dice - amplía sus límites, rebasa sus capacidades, busca una expresión acorde con el sentir y el pensar de la actualidad.” Pienso en el miedo que me impide llegar a tener algo con Claudia, pero el miedo mismo no me  deja llegar a una respuesta. Quisiera poder decirle a Claudia todo lo que la quiero, pero tengo la impresión de que el sentimiento no importa para ella. No puedo precisar qué es lo que pasa por su cabeza, ni qué clase de líquido corre por sus venas, ni en qué horizonte oscuro construye sus ilusiones.
Claudia Arango no tiene ilusiones. No se hace castillos en el aire, no mantiene ganas de ver el nuevo día. Por eso también le dicen rara. Por eso y por las preguntas que a todos les parecen ridículas. Y dicen que es rara por las cosas que hace.
Ya casi se acaba la última clase. Se puede saber por el gesto infaltable del profe al acariciar el lomo del libro y darle dos o tres palmadas en las tapas como si quisiera avisarles a los durmientes que el sueño de los dos despiertos, Claudia y yo, está a punto de acabar.
Termina la clase. Salimos del colegio. En la puerta se arma un grupito. Jorge y Cris conversan mientras esperan a Checho. Cuando llega hay una pausa de silencio. Detrás va Claudia. yo la sigo despacio, preparado esta vez para ir hasta el paradero y subirme al mismo bus y adentro decirle las frases que he pensado decir. El grupo la atrapa y yo no alcanzo a detenerme. ¿Vienes con nosotros?, me dice Checho. Voy, le contesto. Vamos por la veintitrés hasta el parque Olaya. Subimos hasta la Casa de Vidrio. Desde Chipre se ve la ciudad tendida sobre la cordillera . El sol estremece el atardecer. Nadie dice nada. Tomamos cocacolas y esperamos unas empanadas. Checho quiere dibujar. Saca lápices de colores y una navaja. Empieza a sacarles punta. Cris le alcanza una hoja, Jorge le pasa un bloc para apoyar. No se muevan que la mesa cojea, dice Checho. Claudia le arrebata la navaja, extiende su mano izquierda sobre la mesa y de un solo golpe la atraviesa con la hoja afilada. La sangre brota. Claudia, pálida, mira la mano traspasada y dice que ella es capaz de todo. Vean, dice. y nosotros vemos la mano cubriéndose de sangre. Jorge y yo queremos desclavar la navaja. ¡Quietos!, nos dice Checho, dejemos la navaja en la mano, tratemos de sacar la punta de la mesa y la llevamos así hasta el hospital. No pasa nada estúpidos, trata de convencernos Claudia. Y Checho le da un par de bofetadas. Los dedos de Checho quedan marcados sobre sus mejillas. A mí me habría gustado darle esas dos palmadas.
Toda la clase supo lo de Claudia. Apenas empezábamos este quinto que hoy acaba. Si antes le decían rara, ahora vino la confirmación. Los hombres quedaron con la boca abierta, pero dijeron que ellos también eran capaces de cosas semejantes. Ninguno se atrevió a probarlo.
El maestro da las consabidas palmadas y cierra de un manotazo el libro. La clase despierta. El aire recupera sus ruidos. Leo el nombre de Claudia sobre una página. Ella también parece despertar. La veo levantarse para salir y me preparo para seguir detrás, llegar al paradero y subirme al mismo bus o para encontrarme con ella, Checho, Jorge y Cris y subir hasta Chipre a la Casa de Vidrio.